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Política de identidad y uniformidad.

11 de junio de 2026·Marandina

Vivimos rodeados de estéticas pulcras y vidas de catálogo que están diluyendo quiénes somos. El minimalismo actual no es solo una elección de diseño; es una declaración política que impone lo neutro como el estándar de lo "civilizado". Es un borrado cultural en toda regla. Mientras el beige es sofisticado, el color y los ornamentos se tachan de manera grotesca. Hemos convertido una herencia eurocéntrica en la norma, y en el camino, estamos perdiendo la riqueza de todo lo que se atreve a brillar fuera del molde.

En el ecosistema actual de las redes sociales, donde el algoritmo es el nuevo juez del estilo, la sociedad ha caído bajo la tiranía del lifestyle perfecto. Entrar a Instagram o a TikTok es sumergirse en un mar eterno de tonos beige, muebles de líneas gélidas y un sinfín de rostros guiándose por la estética del clean look: una estética que nos promete orden, paz y una supuesta limpieza* espiritual. Pero, detrás de esa fachada de serenidad minimalista, se esconde una política de identidad mucho más agresiva de lo que parece.


Para entender por qué nos obsesiona tanto el beige, debemos viajar a 1908. En aquel entonces, el arquitecto austriaco Adolf Loos escribió un ensayo que cambiaría el diseño para siempre: Ornamento y Delito. En el, Loos, lanzaba una bomba que todavía resuena en nuestros armarios contemporáneos: afirmaba que el ornamento era un signo de atraso y que el hombre moderno civilizado ya no necesita tatuajes ni adornos. Para Loos, las culturas que utilizaban patrones complejos (como los pueblos indígenas de América o África) eran primitivas. Según su lógica, el progreso humano se media por cuánta identidad visual estábamos dispuestos a borrar. Hoy, el clean look es el heredero directo de ese prejuicio. Hemos aceptado que la elegancia en sinónimo de vacío, y que para ser profesionales (léase entre comillas), debemos silenciar cualquier rastro de nuestra herencia cultural que sea demasiado ruidosa para el gusto occidental.


Este minimalismo no es solo una elección de color; es un mecanismo de exclusión. El "aspecto limpio" exige rasgos específicos y recursos caros: pieles perfectas, cabellos controlados y una gran apariencia de no haberse esforzado que, claramente, cuesta mucho dinero mantener. ¿Qué pasa con las texturas, colores y los símbolos que cuentas grandes historias de resistencia? Cuando las grandes marcas de lujo minimizan un patrón ancestral para hacerlo más vendible, no están simplificando el diseño, están cometiendo un borrado cultural. Están convirtiendo un mensaje sagrado o una victoria política en una simple superficie lisa y beige que no moleste a nadie.


No se trata de declararle una guerra al minimalismo o de tirar nuestras prendas básicas. El problema surge cuando la naturalidad se vuelve obligatoria. Cuando el "buen gusto" se usa como una barrera para decidir quién pertenece a la modernidad y quién se queda fuera por ser demasiado colorido.

Debemos empezar a ver el color y la opulencia no como un error de estilo, sino como un acto de resistencia. Cada vez que elegimos un textil que cuenta una historia o un accesorio que rompe la monotonía del algoritmo, estamos reclamando nuestra identidad frente a una marea que intenta homogeneizarnos.


Si el futuro es realmente inclusivo, no puede ser solo de color crema. Tiene que ser tan vibrante y diverso como las culturas que habitan en el. Porque, al final del día, menos es más solo si ese "menos" no significa perder quiénes somos.


*limpieza: lo que llamamos limpio, muchas veces es simplemente una mirada que ha decidido ignorar la historia.